El Heraldo Real lleva 3 días de parranda en el Garlochí

Ayer se mascaba la tragedia entre las paredes del Ateneo de Sevilla. Una avanzadilla de pajes y beduinos del cortejo les comunicaba que llevaban más de 3 días sin ver a su jefe de caravana, el Heraldo Real. Según contaban estos zagales de oriente, en la fiesta de año nuevo se les fue todo un poco de las manos: Mientras unos se emborrachaban de cornetas y tambores en loop perpetuo,  otros aprovechaban para hacer unas compras de última hora, mirando por sus camellos y los niños del mundo. Cuando se quisieron dar cuenta el Heraldo estaba más perdido que el barco de la mirra – que significa ‘arroz’ en andaluz-.

El Ateneo, organismo responsable de esta milenaria tradición de más de un lustro de antigüedad, en cuantito conocía la noticia de la desaparición del Heraldo, tiraba de su walkie talkie de caoba y le daba el toque a N’Diaye, jugador africano del Real Betis. Este, sin quitarse el chándal y tocado con un turbante de Pichardo (tienda vecina) dio el pego como pudo ante los miles de chavales furibundos, que poblaban las calles del centro de Sevilla, sedientos de globos y glucosa.

No fue hasta concluir el ritual de la entrega de llaves de la ciudad al Heraldo, cuando Mauro Orrorbacui, gerente de El Garlochí -conocido local nocturno sevillano- se presentaba en el Ayuntamiento para dar pistas sobre el paradero de Bernardo, que así se llama el verdadero Heraldo: “Por lo visto, el muchacho se relió más de la cuenta en Año Nuevo y acabó aquí confundido por los dorados y el olor a incienso de mi local”. –apunta Orrorbacui- “El hombre la verdad es que es muy simpático y con la caja de dientes que luce tenía a toda la parroquia embelesada. Así que claro, el personal no paraba de invitarlo durante días hasta que le escuché decir que ¿pa qué iba a ir al Ayuntamiento a recoger las llaves de la ciudad? si ya les hizo una copia a las que le dieron el año pasado (hips)”.

A la hora del cierre de la redacción de Sevilla Today, el Heraldo Bernardo aún no había salido de El Garlochí. Lo último que se le ha escuchado decir es aquello de: “¿Si saben cómo me voy a poner, por qué me invitán?”.

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