El chaparrón de barro forma un botijo gigante en plena Cartuja

Esta mañana la tormenta de agua y barro caída sobre Sevilla ha protagonizado un fenómeno totalmente inusual en la isla de La Cartuja. La torrentera causada por el aguacero arcilloso, con su chapoteo efervescente sobre una de las fuentes de la entrada al monasterio, inspirado por el espíritu latente de la antigua fábrica de cerámica del Marqués de Pickman, han configurado de forma espontánea un botijo de proporciones extraordinarias.

El botijo, compuesto de arcilla fresca al cien por cien natural del Sáhara, ha quedado simpáticamente plantado a la entrada del museo, cual típica obra gigante de esos artistas rabiosamente modernos que solo saben hacer cosas descomunales para que la humanidad les mantengan en el recuerdo. El botijo, al igual que otros adefesios oxidados megalómanos de nuestros museos, tiene toda la pinta de saludarnos a la entrada durante muchos años. Porque seguro que no hay administración que tenga cojones de llevárselo.

“Que esto ocurra en el Centro de Arte Contemporáneo de Andalucía, que está más olvidao y con menos presupuesto que el botijo de tío de Alcalá, que ni es tío ni es ná, no es asunto baladi…” señala Olivencio Funesto, director a dedo de la institución cultural. “Si no fuera por ratitos como este, el arte contemporáneo no existiría directamente en nuestra ciudad, aunque la obra en sí con la que nos han brindado los dioses es más costumbrista que otra cosa… Será porque es lo que la ciudad simboliza y se merece… no como yo, que soy más moderno que el más monguer de Barcelona capital…”

 

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